sábado, 2 de noviembre de 2013

Sábado 02/11/2013 | 09:07 hs Leído 154 veces. ENTRE LA CULTURA Y LA INOCENCIA

Santa Ana reeditó la tradición de celebrar a los niños ángeles

La conmemoración de la fecha de Todos los Santos tiene una impronta especial en la identidad del pueblo. La casa de la familia Lezcano fue ayer el punto de encuentro. Entre dulces y reinas pasaron la tarde los pequeños que celebraron “Ángeles somos”. 

Desde la mañana de los días 1 de cada noviembre, desde hace años, más que los 20 que se pudieron contar, hay un lugar en el que la casa se viste de fiesta y le rinde un especial homenaje a las almas puras de los niños. La casa de la familia Lezcano, en Santa Ana, es el lugar que, como un hito geográfico, marca el espacio para el pueblo a través de las generaciones, desde cuando doña Laureana Luján instaló la costumbre que ya había aprendido ella, a su vez, de sus padres.
Ayer, bajo la premisa de “un mundo mágico”, el tranquilo poblado distante solo pocos kilómetros de Corrientes, revivió la celebración en medio de la atmósfera de calor y de cierto surrealismo con que acostumbra transitar, como todo en la vida del pueblo.
En parte con la intención de sostener la herencia cultural y también como una manera de homenajear la memoria de su madre, es ahora Valentín Lezcano, su hijo, quien organiza la celebración de Ángeles Somos en Santa Ana.
“Es una costumbre indígena, que mi mamá aprendió de mi abuela, y que viene de la herencia guaraní. Cuando los niños indios morían, la comunidad se reunía en un ritual encomendando ese alma al cielo”, relató Valentín a época.
Bajo los frondosos mangos de su patio, se dispusieron mesas, sillas y se ataron globos. Bandejas con golosinas de colores esperaron a los pequeños y sus familias a la fiesta, una celebración que se costea, cada año, con el aporte de la comunidad. En una de las galerías de la vivienda se alzó un pequeño altar con las imágenes del Divino Niño Jesús y el Niño de la Piedad. Sobre el suelo, se tendieron ponchos, representando a la cultura, y sombreros de paja, como símbolo de la laboriosidad en el campo. “Es una celebración muy cargada de simbolismo, yo recuerdo pasar la noche previa con mi madre en la cocina, cortando en trozos las cañas de azúcar. Antes, en los pueblos, no había caramelos. Con eso se esperaba que pasaran los chicos del pueblo, y se les daba a cada uno un puñado de estas golosinas de campo”, recordó Valentín. “Luego se preparaba un brebaje que se daba a los pequeños a beber, con el deseo de que tuvieran sueños dulces”, contó.
Al festejo, que inició pasadas las 17, fueron llegando mamás con sus niños a lo largo de toda la tarde. “Coincidió que la escuela organizó la fiesta de la Educación Física para la misma tarde. Los chicos tuvieron que ir, pero pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron, porque para esta fecha todos quieren estar”, recordó Lezcano. “Aunque pudieron venir menos chicos, no se suspende el festejo. Para mí es una forma de honrar la memoria de mi madre”, dijo Valentín. Al rato llegaron la reina nacional del Chamamé, María de los Ángeles Güenaga, y la reina provincial del Turismo, María Emilia Carabajal. La celebración de antaño tiene ahora otro colorido, golosinas envueltas en papeles de celofán, música brasileña como animación. Pero la magia de guaraníes, de fe cristiana e inocencia infantil que surcan las calles de arena del pueblo, sigue vigente como entonces.
EN UN ALTAR, RODEADO DE GOLOSINAS, VALENTÍN SEÑALA LA IMAGEN DEL DIVINO NIÑO.

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